Bartolomé Indalecio Angel de Bouvier O’Farrel Estrada

Guía espiritual y consejero


No es mucho lo que se conoce de los primeros años de Bartolomé Indalecio Angel de Bouvier O’Farrel Estrada, tal era así su nombre completo.

Nacido en el seno de una acaudalada familia americana, a muy corta edad su muda junto a sus padres a Londres, donde cursó estudios en el Wetherstown College bajo la atenta mirada de monjes franciscanos. Fue allí donde el pequeño Bartolomé, mostró las precoces señales de una mente inquisitiva y particular al escribir, a los siete años, los dos ensayos –los primeros de cientos- que sorprenderían a maestros y colegas. El primero intitulado: “Si ese oso se asoma, ¿dónde estaba antes?” y el segundo, más profundo y a tono con el positivismo imperante en la época: “Sara, la masa y la sal: acto y consecuencia”. Sus compañeros de clase lo recuerdan como un niño despierto pero a la vez retraído. Incluso –sostienen algunos-, se pasaba horas en silenciosa contemplación, mesándose las puntas de un aún inexistente bigote, que sólo vería la luz años después, ya en la vida adulta. Amante de las ciencias tanto como de los deportes, se dedicó con singular esmero a la letras como así también a la calistenia, desarrollando incluso su propia técnica de musculación con mancuernas, conocida como en su momento “El revoleo de Estrada” o “Bolos voladores circulares”.


Primeros viajes

Bartolomé BouvierO’Farrel Estrada fue un hombre de su época, y como tal, enarboló los valores de su tiempo. La exploración, no podía ser de otra manera, fue una de sus grandes pasiones. Terminada su estadía en el Wetherstown College, hambriento de experiencias y de gloria, se embarca en el carguero “HMS Parridge”, donde a la corta edad de diecisiete años, paga su pasaje como chef de abordo deleitando a la oficialidad con los primeros ribetes de lo que, años después, se conocería en Europa y América como “Manjar Estrada”,“Tubérculos del cielo” o como aún se lo sigue denominando en algunas ciudades: papas hervidas.

El primer puerto del Parridge fue la exótica ciudad de El Cairo, donde –embriagado por las recientes lecturas de los viajes de exploradores como David Livingstone, Henry Morton Stanley, Richard Burton o John HanningSpeke- Estrada decide lanzarse de lleno al corazón de África para cazar elefantes y llevar la civilización a hombres que –hasta ese momento- no habían tenido contacto con europeo alguno. Sus interacciones con las tribus locales quedaron reflejados en su obra “Ellos son muchos y yo uno solo”, que luego sería la base de lo que se conoce como “el período africano”. De sus múltiples contactos y andanzas también escribió “Mi amistad con Mubutu”,“Las cien formas de decir no”, “Ungüentos y calmantes naturales del África central” y finalmente –ya con una mirada que esboza su período antropológico: “Límites y el cuerpo en el África: la dura experiencia blanca”. Finalmente logra el segundo objetivo de su viaje al enfrentarse al temido elefante “Mbengue-ngué”, conocido también como “el Moby Dick africano”. Luego de varios meses de persecución que incluyó la confusa muerte de su compañero local Mubutu (habría caído sobre su machete, de espaldas) Bartolomé BouvierO’Farrel Estrada se enfrentó cara a cara con la bestia africana. Dicen aquellos afortunados que fueron testigos del episodio que, Bartolomé Estrada, conmovido ante la belleza y majestuosidad del animal, decide bajar su rifle con los ojos llenos de lágrimas. Lamentablemente, el Mbengue-ngué no se habría conmovido ante el gesto del americano y –en un golpe que muchos recuerdan como colosal- embiste y revolea al conmovido cazador arrojándolo a correntoso río Congo, donde fue arrastrado a las cataratas Inga, perdiéndose de vista y declarado como muerto por el resto de la expedición.


El período perdido

Poco o nada se sabe en estos años sobre el paradero de Bartolomé BouvierO’Farrel Estrada. La única certeza es que durante el período que comienza en su accidente y en el que es encontrado en una mezquita persa, Estrada se habría dedicado al estudio de las filosofías orientales, llegando a dominar con cierta holgura el hindostaní, el gujarati, el punjabi, el sindhi, el marathi y –obviamente- el persa y el árabe. “Nunca fui un amante de las lenguas”, sostuvo años después el políglota Estrada. “Lo que sí me gusta es hacerme entender con claridad y dado que los locales no aprenderían mi idioma, no tenía otra solución más que aprender el suyo”. Cuando se le preguntaba sobre sus años perdidos, Estrada nunca aclaró con certeza cuál fue su destino. Sólo admitió, ante las inquisitivas dudas de sus colegas, recordar el cielo azul africano y como si fuera un acto continuo, acto seguido, el techo del monasterio sufí en Turquía donde recuperó la memoria. Varios biógrafos reconstruyeron lo que sería su derrotero más probable: apenas con vida por el golpe casi mortal del monstruoso paquidermo, habría sido rescatado por mercaderes bereberes, que lo vendieron como esclavo en la zona del Magreb. Allí se dedicó a sobrevivir en la más absoluta miseria, hasta que habría sido adoptado por un jefe local, que reconoce en Estrada el fuego de la inteligencia, adoptándolo como su paje personal. A la muerte de su amo, Bartolomé BouvierO’Farrel Estrada es elevado a la categoría de “pambuín” o jefe local, en donde se transforma en un dador de leyes, resolvedor de disputas y tintorero de manchas rebeldes, especialmente las provocadas por la pesada cuajada de cabra, tan común en el norte de África. De forma totalmente casual, Bartolomé BouvierO’Farrel Estrada es convocado a mediar en una disputa local, donde –inmediatamente- reconoce a otros europeos con los que se intenta comunicar subrepticiamente para no despertar el recelo de la tribu local. Lamentablemente, los europeos interpretaron los inquietos movimientos de cejas, ojos y boca de Estrada como los primeros síntomas de lo que luego se conocería como “Mal de Estrada”,o “Maladie du visagefou”, por lo que no sólo huyeron rápidamente del lugar sino que aconsejaron a otros viajeros europeos evitar la zona a toda costa. Estas no fueron buenas noticias para Bartolomé, que –una vez más- decide sumergirse en sus estudios, ahondando en el sufismo para, finalmente, acercarse a la escuela Mevleví, también como la de los derviches giróvagos. Es así que BouvierO’Farrel Estrada se habría mudado a Turquía, más exactamente a la ciudad de Konya, donde reside por poco tiempo: en su primera danza giróvaga, elevado a lo que él mismo llamaría “un plano superior de conciencia o un colosal mareo”, recupera la memoria y es girando, que sin levantar sospechas, llega a la estación central, donde aborda el primer tren con destino a El Cairo. Ya en Egipto, se apresta a volver a Europa, donde decide llevar a cabo diferentes experimentos con las nuevas ciencias que, como un fuego imparable, consumían la imaginación de los habitantes del viejo continente.


El período científico.

BouvierO’Farrel Estrada siempre se sintió fascinado por las ciencias, por lo que no cuesta imaginar que, siguiendo a otros grandes hombres de su tiempo, experimenta con la electricidad, que se suponía la fuerza que sostenía el universo. Es así que, instalado en Londres, concibe el experimento conocido como “La pila de Estrada” o también como “Estrada’s folly”, donde se conectaban entra 25 y 30 baterías para lograr imitar la presencia del rayo en la naturaleza. No fue sino luego de repetidos intentos que dejaron sus manos con un curioso fulgor eléctrico que sería el alma de las fiestas de la aristrocacia londinense, que Estrada decide abandonar su experimento ante la posibilidad de que el antinatural brillo tomara otras partes de su cuerpo. Es así que decide investigar nuevas formas de transmisión del audio, intentando aunar sus experimentos eléctricos con las propiedades de grabación del sonido recientemente documentados por quién –con los años- sería un querido colega, Thomas Alba Edisión. Es así que Bartolomé BouvierO’Farrel Estrada decdide dejar también su marca en el mundo de la fonografía creando lo que –en años posteriores describió- como “Electro estimulador aural timpano-eléctrico Estrada”, aunque popularmente sería conocido como “La máquina de sordera”. BouvierO’Farrel, junto con la ayuda de su joven colega, William Spektor, llevó su instrumental a Hyde Park y en un tarde inusualmente cálida de febrero, Spektor se acercó al extremo de captación y dijo: “¡Bu!”. Fue tan solo un monosílabo suficiente para enviar una descarga de 2000 Watts a los tímpanos de Estrada quién, familiarmente, pasaría a ser conocido como “El sordo Estrada”. Cuando se le pide recordar el terrible experimento, Estrada no muestra señal alguna de arrepentimiento. En una conferencia reciente, un miembro del público le preguntó: “¿Estrada, no siente que usted ha dado mucho, quizás demasiado, por el avance de las ciencias?”, Estrada respondió sin titubear: “A las ocho, ocho y media. Pero no antes”, demostrando su absoluta sordera la cual –tozudamente- siempre se negó a admitir. Fascinado aún por la energía eléctrica y sus posibilidades, BouvierO’Farrel sigue investigando en las maravillas posibles con la llegada de la nueva tecnología. Una de esas posibilidades era la de poder leer en cualquier momento y lugar a través de la magia de las velas eléctricas o “linternas”. Tal vez huelga aclararlo, pero no en vano BouvierO’Farrel poseía una de las bibliotecas más grandes del mundo occidental, biblioteca que muchos han llegado a comparar con una Alejandría moderna. Es así que Estrada se vuelca al desarrollo y análisis de un lámpara portable y cómodo, que permita la lectura en cualquier momento y lugar. No pasó mucho tiempo hasta que su siguiente experimento “vio la luz”, si es que se nos permite el fácil juego de palabras. Lo que se conocería como “Estradas’s Lantern” en el imperio británico o “Luciérnaga eléctrica de Estrada” en el resto del mundo. El invento tuvo un rápido éxito comercial y aceptación. Lo curioso es que no fue solamente utilizado para la lectura nocturna sino que tuvo usos que en un primer momento, fueron absolutamente impensado por Estrada. Uno de los más comunes y sorprendente fue el de la iluminación de las cada vez más comunes séances para comunicarse con los espíritus. Algunos sostenían que el ectoplasma de aquellos que habían pasado al otro mundo se sentían magnéticamente atraídos por la Luciérnaga eléctrica, otros que simplemente “quedaba lindo y le daba onda a la cosa”. El punto es que –de forma totalmente inesperada- Estrada se convierte en un buscado experto del mundo paranormal consultado por médiums y espiritistas del mundo entero. Es así que entonces, publica una de sus obras más conocidas en inglés: “Spirits and the rules of etiquette for receiving them”, seguida por “Spirits and the importance of avoiding garlic before the séance” para finalmente completar su trilogía con “Spirits and food: a complete dietary guide for a happy and uneventful séance”.

Romance y vida familiar.

Fue en una de las sesiones espiritistas donde Estrada era comúnmente invitado que conoció a la que sería su futura esposa, la Marquesa Helga Friederike von Zeppelin Insbruck, rica heredera de la fortuna Zeppelin Insbruck, amasada –justamente- con una cadena de panaderías. La Marquesa –o “Pochi”, “La bruja” o simplemente “Aquella”, como solía llamarla cariñosamente Estrada- se habían conocido en la séanse organizada por el íntimo amigo de Estrada en el periplo europeo, William Spektor. La hermana menor de éste, Margareth Spektor, había asistido al colegio como la Marquesa, por lo que poco tuvieron que forzar los hados lo que se sería un encuentro fortuito y un profundo flechazo –sino cañonazo- en el corazón de la Marquesa. Famosa por su irreverencia a las duras convenciones sociales victorianas y sabedora de la larga experiencia cosmopolita de Estrada es que decide –en una actitud definitivamente poco común- tomar la delantera y hacerle conocer a Estrada su amor. Sostienen los testigos de aquella noche que la Marquesa fue –coinciden todos- tal vez poco sutil y demasiado directa en mostrar lo que dictaba su corazón. Al grito de “¡Vos no te me escapas, cosita!”, Helga Friederike von Zeppelin Insbruck no solo dejó en claro sus intenciones sino que, finalmente, logra casarse con Estrada, abandonando Londres y mudándose poco tiempo después a la residencia familiar de los Estrada en América. Es así que –ante las responsabilidades de un matrimonio- hace lo que todo caballero victoriano bien nacido debe hacer: se embarca en un largo viaje para probar la factibilidad de un traje que permitía la inmersión a enormes profundidades y –una revolución para la época- también permitía respirar. Mucho se ha especulado cuál fue la razón del porqué este desarrollo de Estrada. Mientras que muchos de sus biógrafos coinciden en que se debía una renovada admiración por la biología, especialmente la marina, Estrada se encargó de desmentirlo: “El fondo del mar me parecía un lugar excelente donde “aquella” no me hablara”, explicó en más de una oportunidad.

Reposo y la creación de Lectorati.

“No era mucho lo que me quedaba por hacer”, dice Bartolomé Indalecio Angel de Bouvier O’Farrel Estrada mientras llena una vez más su nargileh, costrumbre que heredó de su período junto a los bere-beres. “Ya había escrito libros, ya había plantado árboles (de hecho, toda una ladera apenina es conocida como “El Bosque de Estrada” debido a la inteligente manera en la que Estrada plantó pinos, abedules, robles, eucaliptos y –pícaramente- ombúes para recordar la pampa), por lo que me pareció que lo mejor que podía hacer era crear una comunidad para que todo el mundo no sólo comentara lo que está leyendo, sino que descubriera nuevas lecturas. Es así que nació Lectorati” Es entonces que –haciendo uso de su cuantiosa fortuna y contactos- Estrada nos ha regalado esta herramienta. Intrigados, le preguntamos que es lo que –un alma inquieta como él- preparaba para el futuro. Bartolomé Indalecio Angel de Bouvier O’Farrel Estrada aspira fuerte su nargileh, se acomoda en el mullido sillón de su biblioteca, inspira para hablar… pero se detiene. Su mirada perdida para ahondar en lo insondable, penetrar la bruma del futuro que a nosotros, simple mortales, ha sido una visión que se nos ha negado. Se pone de pié, acomoda la manguera de la boquilla de su nargileh en un movimiento que –indudablemente- fue copiado hasta el cansancio por El Niño Rafael, Sandro y Freddy Mercury. Estrada se alisa las solapas de su fumoir y sólo atina a mirarnos con esa mirada profunda y un poco cansina del hombre que lo ha visto todo. “¿El futuro?”, pregunta retórico, casi con enojo. “El futuro tiene seis letras: efe, u, te, u, ere y o. Pero Lectorati, mi buen amigo, Lectorati tiene nueve”. Nos quedamos pensando e íbamos a preguntar qué significaba cuando el mayordomo nos avisó que la cena estaba servida. Y no es elegante hablar con la boca llena.